El ejercicio analítico que hace Jameson con las producciones de Van Gogh y Warhol, en un intento por contrastar la modernidad y la posmodernidad, nos traslada nuevamente a la reflexión sobre la relación entre arte y política que veíamos con Benjamin aunque desde otra perspectiva. Aquí Jameson retoma esa tensión abordándola desde la imposibilidad que hay en la obra plástica posmoderna de completar el gesto hermenéutico por parte del espectador. Tomando en cuenta esto, ¿existe, entonces, en el contexto del capitalismo multinacional, alguna posibilidad de que el arte cumpla una función social política crítica del sistema? ¿Deberíamos pedirle al arte que cumpla con ese rol político? ¿No hay una reproducción de la mirada occidental basada en binarios: esencial-apariencia, externo-interno, significado-significante, etc, cuando se descalifica o califica como superficial cualquier propuesta estilística que no sea compatible con ese modelo hermenéutico?
Por otro lado, es complicado pensar en la construcción de una cultura política crítica del sistema en un contexto en el cual, tal y como lo anotan Jameson y Bauman, pareciera que cualquier atisbo de alternativa o contracultura es cooptado por el mismo sistema, sobre todo en un contexto caracterizado por la individualización y la fragilidad de los vínculos sociales. En este sentido, ¿Es posible dotar lo comunitario de nuevos sentidos? ¿es posible reinventarlo o sería lo comunitario también una imposibilidad en la modernidad líquida?
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