A partir del texto de “El pensamiento estructuralista de La Cepal sobre el desarrollo y la integración latinoamericana: reflexiones sobre su vigencia actual” se puede problematizar cómo algunos análisis estructuralistas han contribuido históricamente a sostener el paradigma del desarrollo basado en una postura economicista que, además de reproducir la tensión centro-periferia, clasifica y ordena al mundo en países "desarrollados" y países "subdesarrollados” y supone una transición deseable de los países “subdesarrollados” para alcanzar ciertos niveles de “progreso”. Adicional a esta problematización, me parece interesante preguntarse ¿en qué medida algunas prácticas y saberes culturales, sociales y políticos, como el buen vivir de los pueblos indígenas de los países del sur, o las mismas críticas feministas con respecto a la economía del cuidado, transforman las relaciones entre desarrollo, modernidad y globalización? ¿cuáles son las consecuencias políticas de los cortes o rupturas que generan estas prácticas y saberes con los códigos culturales de nuestra época? ¿qué implicaciones analíticas y teóricas tiene para el estructuralismo el privilegiar nuevos objetos de estudio: diversidad cultural, movimientos sociales, por ejemplo, que trascienden la centralidad del Estado en los proceso de desarrollo?
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